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jueves, 15 de agosto de 2013

En una aldea de Rusia y mas allá


I

 
Era una pequeña comunidad al Sur de Rusia en donde vivían pocas familias, todas se conocían unas a otras.

Durante el invierno, cuando nevaba salían los niños a la plaza más cercana. Aquellos días, de la estación más fría, parecían domingos continuos, por lo familiares y llenos de alegría juguetona. Las campanas de misa de 6:00 pm advertían que el día  comenzaba a oscurecer

Un día cualquiera Alexandra, desapareció. Ella era la esposa de Boris y tenían una familia conformada por ellos dos y sus dos niños.


De repente, se comenzó  a escuchar de Boris, que había viajado con los hijos al pueblo vecino donde vivían sus padres. Y que Alexandra había sobrevenido convaleciente.


A Boris y a los niños, no se les volvió a ver jamás en todo el lugar.
La plaza extrañaba los juegos de Tania y Víctor debajo del pino adyacente a la plaza y la mirada complaciente de Boris cuando Alexandra tomaba a sus niños de la mano y jugaban a la rueda. Así pasaron unos meses.
Un día, Lara  una mujer en edad adulta joven, que aún no tenía pareja, y que siempre salía a la plaza a jugar con los niños muy querida por todos, conversó con Eulalia y Georgia sobre su intención de ir a los hospitales del pueblo del norte a saber de Alexandra, quien era una de sus mejores amigas. Lara en una ocasión, había escuchado decir a Alexandra que había un hospital particular en el pueblo del norte, que era uno de los mejores y que allí trabajaba una de sus tías.
Lara, tomó el tren de las 2:00 pm. y entró al hospital, el mismo del que Alexandra llegó a comentar una vez, y preguntó a la recepción por Alexandra Smolansky y encontró el número de habitación. Mientras se acercaba por la entrada de la parte trasera del Hospital, notó unos ventanales, humedecidos por el frío a los cuales se aproximó muy despacio y miró a través alcanzando entre los pacientes  que estaba su amiga Alexandra.
Lo que Lara no se esperaba, era ver lo que le prometían los rápidos pestañeos de sus ojos perdidos en el asombro: Un bebé cuyo rostro era muy extraño tanto que estaba entre cubierto, y a quien Alexandra a pesar de su extrañez miraba con ternura mientras le trataba de amamantar.
Lara, se inundo en desconcierto y salió corriendo del asombro llegando de vuelta al pueblo a contarle a las demás amigas de lo que había visto. Las amigas le pidieron que volviera y que tratara de hablar con Alexandra. Lara lo intentó una vez más, pero cuando regresó al hospital, fué demasiado tarde.
 Alexandra se había ido, y había tenido que dejar al niño. Fue la única información que la recepción del hospital le suministró. La tía de Alexandra, se negó a encontrarse con Lara y hablar de lo que pasaba, solo le envió las gracias por preocuparse por su sobrina.
 
II 
 
Lara al igual que el resto de las amigas no pudo alcanzar a ver a Alexandra antes de irse. Alexandra tuvo que tomar esa decisión no por su voluntad, sino por recomendación de la dirección de Salud, los cuales querían llevar un estudio e investigar la genética del niño.
Sobre Alexandra solo se escuchó que desbastada por lo que tuvo que hacer, decidió no volver con Boris y sus hijos, sino que la profunda confusión la alejo de si misma, haciéndola viajar a América del Sur, a donde había emigrado unos de los tíos de ella desde hacía más de 20 años, y con quienes buscaría reunirse de nuevo.
 
          III
 
 
Encontrada un domingo en la cálida cocina de sus Tíos,  Alexandra, trataba de olvidar, pero el recuerdo de los años familiares con Boris y sus dos amados hijos permanecían en su mente. Evocaba los días especiales y breves que amamantó al pequeño Gerónimo. Las esperanzas reconfortan y aún con el dolor del abandono forzoso, Alexandra no se imaginaba que le tocaría una nueva razón para tomar nuevas fuerzas. 
El sol calentaba, en un pueblo de la cordillera Andina, Alexandra escuchaba el programa de Radio La Voz del Águila, cuando miró que pasó un hombre vecino del barrio hispano. 
Este hombre de quien se sabía era un hombre inteligente, se haría amigo de Alexandra y se convertiría en su gran apoyo emocional. Poco a poco y día tras día, le despertaría muchos sentimientos y le devolvería sus risas que eran semejantes a las risas perdidas de sus días más cándidos. Los días en los que cuándo muy adolescente y sin siquiera haber conocido a Pedro, en su Rusia natal, en aquella pequeña aldea, durante el comienzo de su juventud adulta, reposada entre las cuatro paredes frías de  su habitación, después de la escuela, se recreaban sueños que evocaban simples suspiros de sobre cómo sería el amor.  
Alexandra anhelaba el reencuentro con su amado Boris y sus amados hijos Tania y Víctor, pero primero tenía que recuperar la estabilidad emocional que había perdido, después de su último parto.
A su paso le sonrió muy tiernamente, ahogó su anhelo, y siguió a Luís con la mirada hasta que su sombra se dejó de ver, justo en donde comienza la cerca de la casa continua. Alexandra meditó por un momento y decidió hacer algo que no había hecho aún, fue a buscar su maleta. 
En casa de Lara quien está enfrente del tendedero del patio trasero, colgando las bragas lavadas de su marido, en pleno verano Ruso, repica el teléfono, hace reaccionar a Lara a su sonar, el repique cesa, y al cabo de pocos segundos insiste por segunda vez.