martes, 13 de agosto de 2013

El troquel y La monja


Estaba falta de dinero en efectivo, entonces decidí ir al cajero automático.
Mientras introducía la tarjeta de débito, noté que estaba otra joven de mas o menos mi edad sentada en la banca, de frente al cajero.
No le di mucha importancia, mas que la precaución de tener detrás de mi una posible amiga de lo ajeno.
Cuando me disponía a marcar las teclas del dispensador, la parte de metal del cajero por donde se introduce la tarjeta se soltó y con ella una especie de troquel.
No era más que uno de esos artefactos, que usa la delincuencia para clonar tarjetas.
Lo tome me volteé y dejé que la joven que vestía de negro viera mi actitud de desacuerdo.
Ella, volvió su cara a un lado, con un gesto de enfurecimiento porque yo tenía el troquel en mis manos y comenzaba a quejarme en voz alta.
Me aparte a un lado mientras los otros tarjetas habientes me miraban con desconcierto, y con curiosidad desarme todo el troquel, encontrándome una cantidad de papeles que copiarían los diferentes números de tarjetas.
Sospechaba que esta mujer tenía que ver algo con el troquel, entonces caminé a mi edificio y decidí no tomar el ascensor, si no subir por las escaleras.
Las escaleras tenían ventanales de vidrio que dejaban ver hacia fuera y suerte la mía que esta mujer me siguió con la mirada hasta el piso 2.
De allí no pude subir mas por la escalera, ya que no había acceso, las siguientes escaleras estaban aseguradas para el acceso privado, lo que va en contra de las reglas de emergencia. Miré hacia la planta baja de nuevo y noté que la mujer ya no estaba sentada en la banca.
Me perseguía.
 
   II

Como pude, localicé una oficina con dos puertas una de entrada y otras de salida.
Entré discretamente y me recosté a una de las paredes de las columnas donde podía mirar hacia las puertas.
La mujer entraba, pero ya no vestida de negro sino de monja.
Traía consigo un morral y enfocaba su mirada a mis ojos.
Yo estaba tan acorralada del exceso de miedo que esta mujer delincuente, pudiera continuar en eso.
Como pude corrí hacia la puerta contraria por la que entré y comencé a gritar que atraparan a la monja.
El vigilante se embistió sobre ella y encontró una cantidad de cosas en su maletín que demostraban vínculos con su oficio ilícito.
El cambio de ropas, joyas y un arma el cual nunca sacó.
Mi precaución sigue siendo la misma mientras camino por las calles, mirando de vez en cuando a mi alrededor, viendo como el mundo gira en momentos de variados grados de intensidad por el acecho del crimen organizado en estas tierras de fuego.

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